25 de marzo
Va terminando el día. Es, quizá, una buena hora, en la tranquilidad de la casa, de releer algunos pasajes de nuestro pasado reciente. Tiempo de recordar ese día en el que los yunteros extremeños se convirtieron en los auténticos protagonistas y, poco después, en víctimas.
25 de marzo de 1936. Ese día, de madrugada, miles de campesinos extremeños invadieron otras tantas fincas repartidas por la geografía regional. Según los datos proporcionados por el Boletín del Instituto de Reforma Agraria, 48.809 yunteros de la provincia de Badajoz invadieron 1.934 fincas ubicadas en 158 términos municipales, asentándose en 125.331 ha. En la provincia de Cáceres fueron unos 30.000 yunteros y 110.000 ha.
No sólo los yunteros, también los pequeños propietarios y arrendatarios sufrían la contrarreforma agraria impuesta por el gobierno radical-cedista desde noviembre de 1933. El paro forzoso, los bajos salarios y el temor al desahucio de la finca que venían trabajando estaba en la mente de esos campesinos. Aquí os traigo el artículo que Anselmo Trejo firmó en el semanario socialista Democracia (órgano del ala "socialdemócrata" liderada por Julián Besteiro) en el que hace una radiografía de la situación en la que vivían muchos arrendatarios. En la parte final de esta entrada, una doble página del reportaje que publicó la revista francesa Regards, con foto de David Seymour, más conocido como Chim, acerca de las invasiones de fincas en Extremadura.
Juan Extremeño va a ser
desahuciado. Lleno de congoja e implorante ha venido a consultarme. Tembloroso,
rebusca en los bolsillos de su chaqueta de pardo paño un papel arrugado, que me
entrega, mientras sus ojos anhelantes suplican una solución al drama que le
amenaza. El viejo roble de la raza campesina, cuya carne es fraterna de la
carne del barbecho y de tez matizada por el tono ocre de la barbechera, siente
agrietarse su alma. Mientras leo el escrito de demanda que el señorito le ha
interpuesto, fundándose en la terminación del plazo convenido, y al amparo de
la ley votada por los defensores de la usura del agro, sus ojos inquieren con
apagado resplandor de arcilla mi opinión de abogado. Lleva treinta años
trabajando el terruño. Arrendó aquellos matorrales de mozo. Puso en ellos todo
el ardor de su corazón y la fuerza de sus músculos hasta lograr convertir en
terreno de labrantío lo que era inhóspito jaral. Como premio le elevaron la renta.
Ya casado, su domicilio permanente era la humilde casita que se construyó en el
cortijo. Tan sólo para proveerse de comestibles, y una vez al año, cuando la
feria, bajaba a la ciudad. En abnegado colonato y sufrido vasallaje, la familia
de nuestro pobre campesino colmaba todos los años con el fruto de sus dolores y
miserias las trojes del señorito, cuya permanente ocupación era el casino, la
caza, la mezquina política, que alternaba con la adoración nocturna y los siete
domingos de San José, y el embrujamiento de las mocitas. Cada cinco años,
cuando Juan Extremeño renovaba el contrato, le elevaban la renta. A medida que
hacía mejoras, la renta aumentaba. Su obsesión permanente era el día de San
Miguel, fecha tradicional para el pago del precio que se le imponía.
Con el advenimiento de la
República nuestro campesino logró rebaja de renta, de 4.000 pesetas que pagaba
a 1.200. Reclamó y obtuvo del Jurado mixto el abono de mejoras realizadas.
Logró la anulación de numerosas cláusulas abusivas del contrato. Y así vivió
del 31 al 35. Con lo ahorrado pudo casar dos hijas. Y en estos momentos la
tragedia del desahucio se cierne sobre su vejez. Los de la Popular le van a
arrebatar sus medios de vida. La angustia mina su recia contextura. Tarde, pero
dolorosamente, ha adquirido plenitud de conciencia de clase y afanes de luchas
ciudadanas. La rabia constante ahonda el resentimiento. El nieto de los
colonizadores de América concentra hoy sus afanes en colonizar la tierra
extremeña, redimiéndose del ancestral feudo y vasallaje que ha vuelto
desvergonzado e inhumano a intentar someterle al agro, pretendiendo formar otra
vez legiones de famélicos trabajadores y mezquinos esclavos, pues el cuervo
insaciable del nuevo señorío feudal vuelve a encastillarse en los cortijos extremeños.
Los desahucios en masa y con ellos la secuela del dolor y el hambre son el
resultado inmediato de sus graznidos legales. El día que caigan sobre la presa
mediante ejecuciones de sentencias y embargos, siguiendo sus cristianisimos y
pacificadores designios, la desolación de la masa campesina y el incremento del
ya terrible número de parados será su obra socialcristiana, inolvidable y
aleccionadora.
Nuevamente el lamento de angustia
brota de los labios campesinos. La vida rural, abandonada y maltrecha, comienza
a mostrarse cansina y desalentada. Sin embargo, se afianzan cada día como única
visión en la conciencia del agro afanes de nueva vida que se centran en el
Socialismo y en la conquista de la libertad. Es también el resultado ya
elocuente del bienio reaccionario.
Juan Extremeño está viviendo una trágica y aleccionadora realidad. Sólo ansía el encauzamiento debido a sus impulsos, para que no vuelva a repetirse tan dura emboscada. Su clara visión le orienta certeramente con brío de inteligencia y no claudica de la misma. Tiempo y oportunidad son sus anhelos. Ya llegarán...
Anselmo Trejo Gallardo. Democracia, 17 de julio de 1935