La fragua de Ramón, ubicada en un pueblecito extremeño, era el lugar de encuentro de los vecinos. Un espacio donde tenían cabida el debate y las opiniones diversas. Este blog, como entonces la fragua de mi abuelo, es un lugar para compartir ideas, recordar acontecimientos y dar a conocer eventos pero, sobre todo, un espacio en el que la historia es la gran protagonista.

jueves, 20 de agosto de 2020

 

LA PANDEMIA DE GRIPE DE 1918 EN GUAREÑA

 Juan Ángel Ruiz Rodríguez

Cronista Oficial de Guareña

La pandemia de gripe de 1918, de la que tanto se ha hablado en los últimos meses con ocasión de la pandemia de la Covid-19 que nos invade, realmente fue una catástrofe poco conocida y que, además, se conoció a nivel mundial como grippe española, la enfermedad más letal del siglo XX. Hoy sabemos, sin embargo, que la pandemia no comenzó en España, discutiéndose sobre su origen, aunque buena parte de las teorías sitúan su comienzo en Estados Unidos en la primavera de 1918, siendo transportada hasta Europa por los soldados americanos.

El contexto histórico en el que tuvo lugar la pandemia estaba marcado por la I Guerra Mundial en la que, como se sabe, España permaneció neutral. Esta circunstancia hizo que nuestro país se hiciera eco de la epidemia, siendo el primero en informar del brote a la Oficina Internacional de Higiene de Ginebra. En otros países, inmersos en las últimas operaciones bélicas de la “Gran Guerra”, no se dieron noticias acerca de la epidemia y la censura fue la tónica dominante.

Las consecuencias fueron devastadoras. A nivel mundial se habla de más de 50 millones de personas fallecidas. En España, con más de 8 millones de infectados, murieron cerca de 300.000 personas. Esta extrema letalidad se presentó en nuestro país en dos oleadas epidémicas a lo largo de 1918: la primera en la primavera-verano, que provocó una baja mortalidad, y una segunda ola en el otoño que tuvo una especial virulencia. En otras partes del mundo se produjo una tercera ola en el invierno de 1919. En España la primera ola afectó especialmente a Madrid y, de allí, se extendió hacia el Sur. La segunda ola, sin embargo, afectó más a las provincias del Norte. ¿Y qué sucedió en Guareña?

A partir de las expresiones diagnósticas contenidas en las actas de defunción de las parroquias de Nuestra Señora de la Asunción (Santa María) y San Gregorio, hemos podido hacer un análisis de la mortalidad por gripe en la localidad. Realmente es una tarea bastante complicada ya que las expresiones diagnósticas, en algunos casos, adolecen de cierta precisión semántica, con lo que es difícil concretar la causa de la muerte. De hecho, hoy sabemos que la mayor parte de las defunciones se debieron a complicaciones secundarias y, así, muchas personas murieron a causa de una neumonía bacteriana secundaria. Aunque, estamos convencidos de que la epidemia provocó un mayor número de víctimas del que aparece reflejado en los libros sacramentales, solamente hemos incluido en este pequeño estudio a las personas en cuyas actas de defunción aparecen reflejadas como causa de la muerte las expresiones: grippe, pneumonía grippal, broncopneumonía grippal y enteritis grippal.

Pues bien, tomando como referencia los diez años comprendidos entre 1914 y 1923, observamos claramente la mayor mortalidad registrada a nivel local en el año 1918. Durante esa década, exceptuando el citado año, la mortalidad en Guareña se situaba en una media cercana a las doscientas personas. Sin embargo, la gripe de 1918 y sus consecuencias hizo que la mortalidad aumentara un 50%.

 Las dos primeras muertes por gripe en Guareña se registraron en la segunda mitad del mes de enero de 1918. Se trataba de dos mujeres de 43 y 41 años, respectivamente, domiciliadas en las calles Hernán Cortés y Llanos. Estas defunciones, en principio, estarían dentro de lo que venía siendo normal en la estacionalidad de la gripe que cada año se presentaba.

Hasta el mes de mayo no se vuelven a registrar defunciones a causa de la gripe. Este mes, coincidiendo con la celebración de la tradicional feria de mayo, hubo tres muertes a causa del virus. Y no será hasta primeros de julio cuando se anote en el registro parroquial de Santa María el fallecimiento de una mujer de mediana edad por dicha causa. Luego, a primeros de septiembre, cuando todavía el calendario marcaba la estación estival, falleció un anciano de 82 años por gripe. En resumen, la primera oleada epidémica no tuvo especial incidencia en la localidad. De hecho, entre la primavera y el verano de 1918 se registraron tan solo siete casos de defunción por gripe. Lo peor estaba por llegar.

El 3 de octubre, el gobernador civil de la provincia de Badajoz, Ricardo Aparicio, se refería a las “gravísimas y extraordinarias circunstancias sanitarias” por las que estaban pasando algunos países vecinos, al tiempo que pedía a las autoridades locales y habitantes de la provincia que extremaran las precauciones para impedir el desarrollo de la epidemia. Algunas de las medidas tomadas por la autoridad provincial para evitar la propagación de la epidemia, que los alcaldes debían anunciar en un bando, eran las siguientes:

-          Que todo vecino estaba obligado a mantener constantemente en estado de extrema limpieza toda la mitad de la calle correspondiente a la fachada de su casa.

-          Que todo vecino debía tener el interior de su casa perfectamente limpio, blanqueada la fachada en el término improrrogable de cinco días, y en el mismo tiempo limpios y libres de estiércol los patios, corrales y cuadras que posea.

-          Que el barrido y limpieza dentro y fuera de la casa se debía hacer sin levantar polvo, regando al efecto previamente o mediante el empleo de serrín humedecido con solución de sublimado corrosivo al uno por mil o de cresol, zotal u otra sustancia análoga al cinco por ciento.

-          Que se prohíba orinar y defecar en las calles de la población

-          Que inmediatamente salgan de la población los cerdos que habitualmente pernoctan en los pueblos.

-     Aislamiento de cualquier vecino sospechoso de estar enfermo para evitar la propagación de la enfermedad, a cuyo fin se recomendaba que no entrasen la habitación del enfermo ninguna otra persona.

-          Los alcaldes debían obligar a los casinos, sociedades, cafés, tabernas y demás locales donde se reunía el público a que diariamente se desinfectasen los locales con vapores sulfurosos.

-          Esa misma operación de desinfección se debía llevar a cabo en las escuelas públicas y particulares.

-        Debían los alcaldes mantener en el estado más limpio posible los manantiales, depósitos, conducciones de agua y fuentes públicas.

-        Los inspectores sanitarios municipales debían vigilar especialmente a las personas que procedían de otros puntos donde hubiera epidemia durante siete días, sin que pueda prohibírseles la entrada de esas personas en la población que debían ser aisladas en el local adecuado destinado al efecto que todos los Ayuntamientos debían tener.

-      En ese mismo local se tenían que aislar los vecinos sospechosos de enfermedad epidémica cuyo domicilio no ofreciera garantía de aislamiento.

-       Los alcaldes debían impedir que circulasen por las calles mendigos forasteros sin que previamente fueran bañados, despiojados y desinfectadas sus ropas.

Todos los médicos de la provincia debían dar cuenta al inspector municipal de Sanidad de los casos de gripe y estos avisaban al alcalde para que procedieran al aislamiento de los enfermos. El incumplimiento de estos preceptos por parte de los médicos, inspectores municipales o alcaldes estaba penado con una multa de 500 pesetas. Por su parte, el vecino que quebrantase el precepto de aislamiento era castigado por el alcalde con 50 pesetas de multa.

Sin embargo, el día 10 de octubre quedaba declarada oficialmente la epidemia de gripe en quince pueblos de la provincia, algunos muy cercanos a Guareña, como fueron los casos de Oliva de Mérida y Medellín. Unos días más tarde, el 16, quedaba declarada la epidemia en una treintena de localidades de la provincia de Badajoz, entre ellas se encontraban Valdetorres, Don Benito, Valverde de Mérida y Villagonzalo.

Finalmente, como era de esperar, la epidemia terminó llegando a Guareña. Así, el 20 de octubre quedaba oficialmente declarada la existencia de epidemia de gripe en la localidad. Para ese día ya habían fallecido cinco vecinos, aunque el número de óbitos aumentó de forma significativa en los días siguientes. En total, en el mes de octubre se registraron 21 fallecidos, mientras que en noviembre el número se redujo a 14 personas. De esta manera, en esta segunda oleada epidémica se registró en Guareña algo más del 83% de las muertes por gripe, siendo el período crítico el comprendido entre el 12 de octubre y el 30 de noviembre. El día de máxima mortalidad fue el 2 de noviembre en que fallecieron cinco personas.

En estos meses de octubre y noviembre hemos observado que las actas de defunción recogen una elevada mortalidad por patologías relacionadas con el aparato respiratorio, muchas de ellas como consecuencia directa de la gripe.

 

En cuanto al análisis por sexo observamos que no hubo grandes diferencias, ya que murieron 22 hombres y 20 mujeres. Sin embargo, en el estudio de las edades vemos que los más afectados fueron los jóvenes adultos, de los que un 66,6% estaban casados y un 33,4% solteros. Así, entre los 25 y 34 años fallecieron 34 personas, mientras que 12 fallecidos tenían entre 35 y 44 años. Con ello estamos diciendo que el 62% de los óbitos causados por la gripe en Guareña tuvo mayor incidencia en los tramos de edad comprendidos entre los 25 y los 44 años.

Esta circunstancia contrasta significativamente con la escasa incidencia que tuvo la gripe entre los mayores de 65 años. De hecho, no llegó al 5% las personas mayores de esa edad que fallecieron como consecuencia de la epidemia. Como tampoco fue significativo el número de defunciones entre los niños menores de un año. Si nos fijamos en el análisis de la incidencia por calles, observamos que hubo fallecidos en dieciocho calles, siendo las más afectadas Llanos, con nueve defunciones, y Salsipuedes con seis.

 Esa extraordinaria mortalidad entre los jóvenes adultos es, quizá, lo más llamativo. Todos los años las autoridades sanitarias recomiendan la vacunación contra la gripe, especialmente a determinados colectivos como mayores de 65 años o enfermos crónicos. Sin embargo, como vemos en el siguiente gráfico, la epidemia afectó más a las personas con edades comprendidas entre los 25 y 44 años. La hipótesis mantenida por diversos autores es que los jóvenes adultos experimentaron, casi de la misma forma que ha sucedido en algunos pacientes graves de Covid-19, lo que se denomina una “tormenta de citocinas” que provocó su muerte. La población de mayor edad, seguramente, tenía anticuerpos del virus.

Como conclusión hay que destacar que la segunda ola de infecciones, que tuvo lugar en otoño, de aparición brusca y de pocas semanas de duración, fue más letal. La Tasa Bruta de Mortalidad se situó por encima del 5 en Guareña y fueron cientos de personas las que resultaron invadidas por el virus, provocando una gran alarma social. Esperemos que la historia no se repita y la actual pandemia de Coronavirus no revista tras el verano la gravedad de la pasada primavera. La experiencia estresante, y en muchos casos dramática, de la pasada cuarentena nos debe poner en alerta.

 Guareña. Feria de agosto de 2020, sin feria.

miércoles, 24 de junio de 2020

La epidemia de cólera de 1885 en Don Benito

 Juan Ángel Ruiz Rodríguez

 1. El cólera morbo asiático

Durante el siglo XIX la Península Ibérica se verá afectada por una serie de epidemias (fiebre amarilla, paludismo y cólera) que, aunque no tuvieron la importancia mortífera de las acaecidas en los siglos anteriores, provocaron importantes crisis demográficas en algunas regiones del país y, como veremos, también en la localidad de Don Benito.

De esas epidemias, será la denominada cólera morbo asiático la que mayor mortalidad catastrófica produjo, convirtiéndose en la más devastadora en España durante el siglo XIX. Se trataba de una enfermedad infecto-contagiosa aguda, de rápida evolución, producida por una bacteria, que se manifestaba en forma de diarreas y vómitos, de tal forma que si no era tratada, en pocos días provocaba la muerte de la persona invadida.

En Don Benito se padecieron tres brotes de cólera en los años 1834, 1856 y 1885. De la primera invasión colérica no contamos con datos fidedignos acerca del número de fallecidos, mientras que en la de 1856 se contabilizaron 233 personas fallecidas por el cólera. Pues bien, de las tres epidemias que afectaron a Don Benito durante el siglo XIX, voy a referirme en este segundo número de la revista Lápiz 2.0 en la que aconteció en 1885, por ser la que mayor mortandad provocó en la localidad. Además, Don Benito fue la ciudad extremeña más afectada por la epidemia ya que el 87,3 por ciento de las muertes producidas por esta causa en toda Extremadura tuvieron lugar aquí.

 2. El cólera de 1885 en Don Benito

A comienzos del verano de 1885 un nuevo brote de cólera, procedente del Levante español, se declaró varias zonas del país. Según se desprende de las opiniones de los profesionales sanitarios que actuaron en la localidad en aquellos momentos, el contagio masivo que tuvo lugar en Don Benito podría haberse originado porque un comerciante, procedente de la zona levantina, había lavado sus ropas infectadas en el río Ruecas. Este individuo se alojó dos noches en una casa de esta población y, tres días más tarde, el propietario de la vivienda fallecía por el cólera. La viuda reconocía haber lavado sus ropas junto con las del comerciante en el Ruecas lo que pudo motivar que la epidemia se expandiera. De hecho, al día siguiente fallecía otra lavandera que también lo hacía en el mismo río y otras que siguieron, casi todas mujeres que habían lavado las ropas en el Ruecas.

Como ya se conocía que el medio de propagación procedía de las ropas contaminadas, las autoridades provinciales recomendaron hervir todas las ropas antes de lavarlas, así como evitar utilizar o beber aguas de los ríos. Otra de las medidas tomadas consistió en evitar la aglomeración de personas en las pequeñas casas donde habitaban las clases más humildes. Para ello, se construyeron barracas para alojar a personas sin recursos, aunque todo el que pudo abandonó la ciudad.

La precariedad de los medios higiénicos-sanitarios de la localidad eran muy grandes y, por ello, era necesario seguir las instrucciones que la Junta Provincial de Sanidad publicaba en el Boletín Oficial de la Provincia para atajar, en la medida de lo posible, la incidencia de la enfermedad. Así, se recomendaba, entre otras cosas:

1º. La cocción de todos los alimentos a alta temperatura.

2º. Hervir el agua previamente y airearla antes de beberla y si es posible hacerla sufrir la misma operación a la que se destina al lavado de las ropas.

3º. El uso de las frutas procurarán que sea muy moderado eligiendo de entre ellas las de cáscara gruesa y de buena sazón.

4º. El lavado de las ropas debe hacerse separadamente y la de los enfermos desinfectarla y colarla antes de su lavado, siendo mucho mejor el fumigarlas y quemarlas. También deben proceder a la fumigación y desinfección de todas las habitaciones en las casas donde hubiese algún enfermo.

A pesar de los esfuerzos que se hicieron por parte del Ayuntamiento y de las medidas tomadas, lo cierto es que la epidemia terminó invadiendo la ciudad en los meses de julio y agosto. Una vez declarada la enfermedad, la primera necesidad era la de atender a los numerosos vecinos invadidos. Pero Don Benito contaba entonces con sólo cuatro médicos que, obviamente, eran muy pocos para el trabajo que había que desarrollar. Por ello, se solicitó al gobernador de la provincia que enviara facultativos, reuniéndose finalmente ocho. También fue de vital importancia en aquellos dramáticos días la colaboración prestada por los siete farmacéuticos locales que mantuvieron abiertos sus establecimientos las 24 horas del día, al tiempo que hicieron entrega de algunas medicinas de forma gratuita.

El primer caso mortal se producía el 10 de julio. Se trataba de Jacinto Cerrato González, un jornalero de 50 años, casado y domiciliado en la calle Segunda Cruz. El último óbito tuvo lugar el 9 de septiembre y la víctima fue una viuda de 58 años llamada María Andújar Ruiz, que vivía en la calle San Gregorio. La evolución diaria de la mortalidad por cólera, reflejada en el siguiente cuadro, muestra que el mes más castigado por la enfermedad fue julio con 427 defunciones, seguido de agosto con 107 y septiembre con sólo 3 fallecidos. En total, perdieron la vida a causa del cólera 537 vecinos de Don Benito.

La magnitud que la epidemia de cólera llegó a tener en Don Benito en los primeros días del mes julio provocó un estado de pánico general en toda la provincia. Los periódicos dedicaban cada vez más atención al asunto y desplazaban hasta aquí corresponsales para cubrir la noticia. He aquí lo que escribía, precisamente, el corresponsal del periódico El Avisador de Badajoz el 23 de julio de 1885:

El cólera que hace unos días se ha presentado en nuestra provincia en el pueblo de Don Benito, se halla hasta ahora circunscrito a dicha población, sin que en ella vaya en aumento, a Dios gracias, los casos de la terrible enfermedad. El pánico sin embargo es grande. Los trabajos agrícolas se han paralizado y como consecuencia se dejan sentir el hambre y la miseria, viniendo a aumentar el conflicto”.

En aquellos momentos la localidad no contaba con ningún centro hospitalario para poder atender a los invadidos. Un vecino, Antonio González García, ofreció gratuitamente un establecimiento de su propiedad que hizo las veces de hospital en la calle Marisaavedra (actual Avenida de la Constitución). Hubo que adquirir todo lo necesario (ropas, menaje, camas, etc.) y al frente del mismo se pusieron las diecisiete Hermanas de la Caridad que también dieron asistencia domiciliaria. Como también fue muy importante la labor espiritual realizada por los seis curas que entonces había en la ciudad. Precisamente, una de las religiosas, Sor María Briz y Manzanedo, de 32 años, también falleció a causa del cólera.

Como se aprecia en gráfico, los días en que se produjeron un mayor número de defunciones fueron los comprendidos entre el 18 y el 31 de julio, destacando especialmente los días 23, 24, 25 y 26, en los que fallecieron 148 personas en sólo cuatro días, mientras que se superaron las cuarenta defunciones los días 23 y 25. Para albergar este elevado número de fallecidos fue necesario construir un nuevo cementerio, más alejado del núcleo de población, en cuyas obras  y en la de un ramal de carretera de acceso invirtió el Ayuntamiento más de diez mil pesetas. Para hacernos una idea del coste, baste decir que se emplearon 4.950 jornales, de manera que se dio ocupación a todos aquellos operarios necesitados durante el tiempo que duró la epidemia.

  Gráfico 1. Evolución diaria mortalidad cólera de 1885 en Don Benito


La incidencia de la mortalidad se cebó en la población más vulnerable como niños y ancianos, así como en la población jornalera, aunque afectó, prácticamente, a todos los sectores sociales y a todas las edades. Es de destacar la importancia cuantitativa de la mortalidad infantil, sobre todo, entre los niños menores de tres años, que alcanzó la cifra de 104 defunciones, casi un 20 por ciento del total de muertos que produjo la epidemia. La incidencia sobre la población infantil fue muy significativa pues, si tomamos en cuenta el tramo 0-10 años, comprobamos que fallecieron un total de 172 niños/as que representa un 32 por ciento de los fallecidos.

Cuadro 1. Mortalidad por edad y sexo

Edades

Varones

Mujeres

Total

%

Menos de 3 años

53

51

104

19,3

De 3 a 10 años

33

35

68

12,7

De 11 a 20 años

18

13

31

5,8

De 21 a 30 años

19

32

51

9,5

De 31 a 40 años

18

31

49

9,1

De 41 a 50 años

28

34

62

11,5

De 51 a 60 años

28

31

59

11,0

De 61 a 70 años

30

36

66

12,3

Más de 70 años

20

27

47

8,8

Total

247

290

537

100,0

En cuanto a la mortalidad por sexos, hay que decir que fallecieron 247 varones frente a 290 mujeres, circunstancia ésta que se había repetido en otros momentos epidémicos y que era algo común en todas las localidades infectadas de cólera. Especialmente significativo fue la mayor mortalidad femenina en los tramos de edad entre los 20 y los 40 años.

Como podemos apreciar en el gráfico siguiente, la epidemia de cólera tuvo mayor incidencia en la población infantil y adolescente (0-15 años), produciendo un 34,6 por ciento de los fallecimientos. También se vio muy afectada la población adulta y los ancianos, pues a partir de 45 años el porcentaje de fallecidos aumenta hasta el 35,2 por ciento.

Gráfico 2. Fallecimientos por tramos de edad

 En cuanto a la distribución geográfica hemos de afirmar que la epidemia afectó a todos los barrios y calles de la localidad, aunque la incidencia fue desigual desde el punto de vista cuantitativo, al afectar más a los barrios donde predominaba la población más humilde. No obstante, como hemos apuntado, también el cólera afectó a vecinos de bien posicionados socialmente y recursos suficientes. Son los casos de D. Vicente Cámara Soriano, Dª María Antonia Fernández-Trejo Soto; D. José Hidalgo-Barquero, su esposa Dª Nieves Alguacil-Carrasco y sus hijos Diego, Ana María, Antonia y María Josefa, por poner algunos ejemplos.

De los cuatro distritos parroquiales en los que se dividía la ciudad, será en el denominado Pósito el que registre una mayor mortalidad con 189 defunciones, seguido del distrito de San Sebastián con 143 y Casas Consistoriales con 106. El distrito donde menos víctimas mortales se registraron fue en el del Convento con 93 defunciones. Las calles donde fallecieron más personas fueron las siguientes: Cañón (28 muertos); Ancha (21); Segundo Palomar (17); Morales (17); Luna (15); Vistahermosa (15); Cantarranas (13); Carchenilla (12); Pedrera (12); Cruces (11); Primera Cruz (11); Segunda Cruz (11); Montera (10); Primer Palomar (10); Segunda Cuesta (10); Mártires (9); San Sebastián (9); Espolón (8); Don Llorente (8); Buenavista (7); Pajaritos (6);  Miguel Arias (6), etc.

El número de personas invadidas por la epidemia ascendió a 912. Más de medio centenar de ellas precisaron asistencia médica en sus propios domicilios, con lo que el trabajo de los ocho médicos fue digno de destacar. Entre otros datos aportados por el Ayuntamiento, durante el tiempo que duró la enfermedad se repartieron 20.474 panes entre los vecinos más necesitados. Según datos oficiales, los gastos ascendieron a 38.423 pesetas. Con esta cantidad se atendió al pago de médicos y auxiliares, medicamentos, desinfectantes, mantenimiento del hospital, construcción de barracas, alimentos, conducción de cadáveres y jornales, entre otros conceptos.

Buena parte de los ingresos, aparte de los recursos económicos aportados por el Ayuntamiento, procedieron de los donativos y anticipos realizados por muchos vecinos. Entre los más generosos encontramos a Antonio Cabezas Manzanedo, viudo de Doña Consuelo Torre Isunza, quien donó 2.500 pesetas; José de Granda y Campos (1.000); Pedro Valadés Quintana (800); Fernando Quirós (800); viuda de Alonso Gómez Valadés (800); Santiago Solo de Zaldívar (800), etc. Otras personas también aportaron su trabajo y tiempo para combatir la epidemia: miembros de la Guardia Civil y de la Guardia municipal, así como serenos, alguaciles, empleados del propio Ayuntamiento, vigilantes, notarios, etc. Pero, seguramente, haya que destacar la arriesgada labor que llevaron a cabo los médicos que ejercieron su profesión en Don Benito durante la invasión de cólera. Por tal motivo, el Ayuntamiento, presidido por Diego Fernández Calderón, como muestra de reconocimiento, acordó concederles una gratificación económica: a D. Regino de Miguel Guerra y a D. Eladio Calero, 25 pesetas diarias a cada uno; a D. Constantino García Bordallo y D. Ramón de la Puente, 625 pesetas a cada uno; y a cada uno de los médicos titulares de la localidad que lo eran D. Constantino Álvarez Muñoz, D. Pedro García Carrasco, D. Juan Antonio Solo de Zaldívar y D. Ubaldo Álvarez Riego, 375 pesetas.